Un recuerdo, dos países


HACE 30 años, cuando era un adolescente, tuve mi debut activo en una marcha política. Fue el 30 de marzo de 1982, en la movilización a Plaza de Mayo que había convocado la CGT Brasil, la de Ubaldini. Desde fines del 81 habíamos estado intentando armar una agrupación que luego fue la JPS, Juventud Peronista Secundarios, con los hijos de un gremialista del Grupo de los 25 y algunos compañeros del Cuba, el colegio donde yo iba. Me acuerdo que 3 días antes habíamos comprado unos aerosoles para hacer unas pintadas y, aleccionados por un viejo militante sindical, armamos todo un “operativo de seguridad” que incluía 2 parejas en cada esquina del lugar donde íbamos a pintar que debían darse un beso si veían algún movimiento sospechoso, 2 que estaban al lado de los que pintábamos relojeandolos a ver que pasaba y prestos a pegarnos el grito si aparecía la cana para que rajemos. Era de noche, como las 12, y había poca gente en la calle. Creo que pintamos 2 paredes, un paredón sobre Blanco Encalada casi Cabildo frente a la parada del 107 y otro 2 cuadras adelante, frente al colegio; quizás hubo un par más, pero si así fue la excitación y el miedo que sentí lo borraron de mi memoria. Pintamos la convocatoria a la Marcha a la velocidad de la luz y nos fuimos a la casa de uno de los chicos. El clima era una mezcla de euforia y miedo, la noche de la dictadura estaba muy presente aún y nada indicaba que se iba a caer pronto ni que estaba en estado de descomposición, más bien lo contrario, e incluso aún había desapariciones en esa época, como la del Turco Haidar –uno de los 3 sobrevivientes de Trelew- que fue en el 82.Al otro día, los 4 del grupo que íbamos al Cuba nos sentimos héroes, por una vez, cuando escuchamos el comentario de alguien que hablaba de los huevos que tenían los que habían pintado el frente del colegio. La verdad, huevos, o mejor dicho ovarios, tenían las Madres y los dirigentes sindicales que había hecho los paros en el 79 y el 81 y los miles que resistieron de diversas formas a los milicos; lo nuestro era apenas inconciencia adolescente. Absolutamente nadie podía imaginar que habíamos sido nosotros, ya que la pintada la firmamos como GGT Brasil y no hicimos mención alguna al colegio.Un día antes de la marcha tuvimos una reunión donde nos hicieron una bajada de seguridad. Básicamente nos enseñaron a preparar pañuelos con jugo de limón para combatir los gases lacrimógenos, nos explicaron como agarrar los cartuchos y re tirárselos a la cana y tácticas de contra seguimiento para cuando volvamos a nuestras casas.El día de la marcha fuimos al colegio (yo iba a la tarde), nos rateamos y nos fuimos para el lado de La Plaza. Llegamos a retiro con el 152 y de ahí seguimos caminando. Me acuerdo muy bien que no había nadie en la calle, y cuando íbamos subiendo por San Martín nos juntamos con otro grupete –seríamos  en total unos 10/12 nomás,  y nos pusimos a cantar el célebre “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Nunca había escuchado ese canto, y nunca jamás me lo voy a olvidar. Tenía esa virtud de ser simple, unitario y contundente, por eso prendió tanto. Cantábamos mirando para las ventanas de los edificios a ver si salía alguien, cosa que por supuesto no sucedió. No duró mucho lo nuestro, a los 2/3 minutos apareció un enjambre de milicos en ambas esquinas, y de un lado nos tiraron gases lacrimógenos y nos obligaron a ir hacia la otra esquina, donde los otros nos agarraron, nos dieron algunos palazos y nos pusieron contra la pared. Yo estaba temblando y no paraba de pensar en que mi vieja me iba a putear en colores si tenía que ir a sacarme de la cana.Al toque varios de los policías se fueron –supongo que a buscar otros manifestantes- y quedamos en manos de 4 o 5 que por lo que pasó después se ve que eran medio inexpertos.  Lo miré a AA, un compañero del colegio que era totalmente apolítico pero no sé cómo lo convencimos de que venga, le susurré “corremos?” y él, que creo que iba a estar peor en su casa que yo si lo encanaban, empezó a correr como loco. Uno de los canas intentó seguirlo, y yo aproveché y corrí también. Al final fuimos los únicos 2 de todo el grupo que no caímos presos.Hace unos pocos días, casi 30 años después, mi hijo Uriel fue a su primera marcha (no contamos el día de la muerte de Néstor porque no fue marcha). Mientras lo miraba con su rostro fascinado ante tanta gente, banderas, bombos y cantos, no podía dejar de acordarme de aquella primera vez para mí.Por suerte, lo peor ya pasó, y lo mejor está viniendo desde hace unos años.

Por Pablo Cabello – Grupo Choripán

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