Los anti-debates


El debate político enriquece, entretiene y despierta. Aunque no siempre.

Vengo combatiendo duro y parejo con Alfredo. Desde que me volqué definitivamente a apoyar a este gobierno esquivo sus estocadas radicales y contraataco con mi arsenal de logros peronistas obtenidos en los últimos nueve años (son tantos que a veces se me escapa alguno), coronando con gloria la contienda con los repetidos fracasos de las gestiones de su partido centenario. Retruco su enrostramiento de los `90s con mi propia visión y elección en aquéllos tiempos (no soy peronista desde la cuna aunque hoy lo lamente) y quiero vale cuatro a sus reproches por la falta de libertad de prensa y algún que otro argumento prestado por los periodistas genuflexos con la pura realidad: nunca el periodismo pudo hablar, preguntar, decir, mentir, bastardear y espetar barbaridades como lo hace ahora. Cuando me sale con “lo de Boudou”, que dicho sea de paso, no entiende muy bien de qué se trata ni de qué se lo acusa (subrayemos ACUSA) le digo siempre lo mismo: no me vengas a hacer perder el tiempo con particularidades. Parafraseando a mi admirado Alejandro Dolina cuando paseó con correa y todo a Enrique Pinti, “yo discuto un modelo de país”. Entrar a debatir si las medias que decían “Clarín Miente” son una afrenta a la dignidad de los angoleñitos, o si Kicillof es o no soberbio cuando habla o la calidad del portuñol de Moreno, es una pérdida de tiempo y una afrenta al intelecto. Por lo menos al mío, y por lo menos, de mi tiempo.

Pero Alfredo se la banca. Nacido y criado radical, nunca oculta su bandera, se hace cargo de las cagadas y cada discusión que tengo con él se plantea en un escenario sincero en el que cada uno sabe con quién está hablando.

El verdadero problema lo tenía con una gran parte de los demás. Los que te atacan por izquierda y por derecha a la vez y cuando se marearon a sí mismos, atacan por el centro. Los que me corren por la “entrega de los recursos mineros en Famatina a las multinacionales” (hoy el tema está un poco pasado de moda y me han llegado a decir “Fátima”) pero después me dicen que “el modo de recuperar el control de YPF no es “el correcto”, los que se quejan de la pobreza pero les parece un derroche la Asignación Universal por Hijo porque la usan para ponerse en pedo o fumar paco, los que putean por la baja calidad de la educación pero cambian de tema cuando les hablo del cierre de cursos en las escuelas de la ciudad de Buenos Aires. Se quejan de los derechos humanos de Angola pero están hartos de la dictadura (si lo dice Lanata, está bien). También dicen que estamos aislados del mundo a pesar de que Obama en un extremo y Chávez en el otro piden reuniones personales con Cristina, se ulceran por “los casos de corrupción” (otra vez “lo de Boudou”, mucho más no tienen) pero van corriendo a comprar dólares ilegales a $ 5.65, porque “corrupción” es un vocablo aplicable sólo al sector público. También, como Alfredo, se quejan de la falta de libertad y el autoritarismo de este gobierno, pero casi siempre están en contra del matrimonio igualitario y/o la identidad de género, o de la muerte digna, baluartes de la igualdad de derechos y libertades de nuestro presente. Se quedan afónicos de gritar por la inflación, pero no les importa el aumento del pasaje del Subte y posterior huída sobremontesca del inservible que “gobierna” mi Buenos Aires querido. Son, en definitiva, un ente puteador en piloto automático que recopila datos de donde puede para enrojecer su garganta, inyectar sus ojos en sangre y hablar escupiendo con el tono in crescendo para no escuchar al que tiene enfrente y terminar las frases con un hilito de voz ronca y lágrimas de rabia colgando de sus rabillos oculares.

Debatir con ese tipo de gente, que zigzaguea ideológicamente a pura conveniencia para atacar sin poder ser atacados, es una gesta inútil que emprendí durante mucho tiempo y que hoy, después de meditar un poco, decidí dejar de lado. Las secuelas de un debate así son casi siempre dolorosas, difíciles de digerir y dañinas para el entorno cuando las partes involucradas están en el seno familiar o amistoso. Con el que se la banca, como Alfredo, los resultados son muy distintos. Nunca nos faltamos el respeto y cuando decidimos terminar el round todo sigue igual de bien. Saber dónde está parado uno y dónde está parado el otro da al debate un marco de referencia y objetivos claros, acordes a la posición de cada disertante. Cuando uno se (des)ubica en todos lados (y ninguno a la vez) ese marco se pierde y la discusión se vuelve una catarata de conceptos sueltos sin sentido, sin dirección y sin punto de apoyo.

Todos tenemos una posición tomada a nivel político o más ampliamente a nivel ideológico y el que dice que no, o miente descaradamente o nunca se detuvo a pensarlo. Por eso, de ahora en más, cuando vaya a emprender una batalla ideológica preguntaré respetuosamente a mi contrincante qué partido, qué candidato o al menos qué corriente de pensamiento es la que lo representa. Así los dos sabemos con quién estamos hablando y ninguno saca ventajas tramposas. Es más justo, más saludable y más conveniente para mantener la armonía en las relaciones sociales. Si el rival decide no revelar su posición, hablaré de fútbol. O de cine. O de qué pasó con Zulma Lobato que no aparece más en el programa de Anabela Ascar. Pero de política, ni hablar.

Porque ese tipo de debate no enriquece, no entretiene y no despierta a nadie.
El Oficinista Aburrido-Grupo Choripan.


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2 comentarios en “Los anti-debates

  1. Flor, podría escribir un libro sobre tus comentarios, simplemente una sola cosa, mas que con la muerte digna estoy con la vida digna que desgraciadamente con este gobierno no existe y no se puede promulgar con una Ley porque esa Ley ya existe y aunque ese gobierno al que defendes parece que la ignora, se llama CONSTITUCION, avisale a la presidenta que no es una estación de trenes!!!

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