Dolor de dólar


“Yo quiero comprar dólares”, “tengo derecho a ahorrar en el instrumento que a mí se me cante”, “estos están llenos de dólares y no nos dejan comprar a nosotros”, “esta dictadura no nos da libertad para convertir nuestros ahorros a otra moneda”, “tengo un dolor de dólar que me está matando” y “¡cómo nos van a obligar a confiar en el peso argentino si nos cagan siempre, si quieren que ahorremos en pesos que nos seduzcan pero que no nos obliguen” son, más o menos, las frases más escuchadas en el seno de una parte de la clase media para arriba en los últimos días.

ImagenCreo que todos los reclamos son válidos más allá de lo ético y de las falacias que acarrean, y que cada uno pelea por lo que le duele. No digo “cada sector” porque, en este caso, y a pesar de anclarse en un nicho socioeconómico bastante bien enmarcado, es grande su desorganización, falta de rumbo y sobre todo la carencia absoluta de referentes que lo represente. Por suerte, se trata solo de un subgrupo de la clase media, ese que cree que el progreso y la salvación son individuales, que no le deben nada a nadie. Los ruidos de las pocas cacerolas que sonaron son más un conglomerado irregular de quejas que un reclamo social, al menos por ahora. Pero, insisto, el reclamo no deja de ser válido. Si es injustificado o exagerado, o egoista o antipatria o si esos derechos que invocan a grito pelado deben ubicarse por debajo del interés general es otro tema que hoy no quiero abordar.

Tampoco quiero ponerme a defender el cepo a la compra de moneda extranjera a capa y espada. Entiendo que la medida responde no sólo a una línea de acción coherente con lo que venimos viviendo desde 2003, anticipando los problemas (a veces, incluso, operando torpemente como profecías autocumplidas), sino también a la respuesta esperada por la mayoría de ese 54,11% que homologó la gestión allá en Octubre. Tampoco quiero hablar de la legalidad absoluta de la medida -la casi nula presentación de amparos es prueba suficiente- ni del derecho soberano del Estado a implementar políticas monetarias de acuerdo a las necesidades imperantes. Si la medida es acertada, éticamente correcta o económicamente sostenible en el tiempo, es otro tema que hoy tampoco quiero abordar.

Voy a decir qué quiero abordar antes de parecer un charlatán de la UCR. Quiero hablar unos renglones sobre el mecanismo de ingreso de dólares y sus posibles destinos, y sobre todo, por qué creo que hay algo que tenemos que modificar más allá de lo coyuntural. Y más allá también de cualquier gestión. Es algo que nos pasa y que quizás no terminamos de hacer conciente. Acá van unas líneas para que quede mencionado en algún lado el concepto que me está dando vueltas por la cabeza y no llegué a ver, hasta ahora, en ningún lado. No soy un experto en la materia pero creo que para entender esto es más necesario el sentido común que un master en el CEMA.

El dólar es la moneda regente del mundo, amén de la aparición del euro, de las medidas que tomen chinos y japoneses, y de que la libra (más poderosa aún) se esconda como lo hace Gran Bretaña detrás de su hermano menor, más grandote y bobo, en cada justa libertadora con sus ejércitos    mediante. Para más información, pueden leer algo sobre los Acuerdos de Bretton Woods. Pero los dólares no se imprimen en cualquier lado. Es la Reserva Federal de los Estados Unidos el ente con potestad para emitir la moneda tan preciada por nuestros sectores satisfechos. Ni la Casa de la Moneda, ni la ex – Ciccone, ni nadie en nuestro país está autorizado a imprimir estos papelitos que rezan “In God we trust” y le quitan el sueño a los que hoy piden la cabeza del vicepresidente por dicho affaire. Vaya paradoja, cuántos de ellos venderían su silencio sobre el mediático caso (“lo de Boudou”, ¿se acuerdan?) por un puñado de dólares impresos por la mismísima ex – Ciccone, si estuviera en sus facultades imprimirlos. Pasando en limpio: la única manera de conseguir dólares para la Argentina (para los argentinos), es traerlos de afuera. Es un “producto” foráneo, extranjero. No tenemos poder sobre su emisión como sí lo tiene Estados Unidos, que cuando se le incendiaba el rancho salió a imprimir a lo pavote sin tener que darle explicaciones a nadie, ni temer por la inflación ni por la devaluación de su tipo de cambio (tautológicamente uno a uno), por lo menos en el corto plazo. Lo mismo está pasando con el euro y el salvataje a las economías europeas en vías de destrucción masiva. Veremos qué pasa más adelante con estas emisiones descontroladas.

Entonces, si queremos dólares, dependemos de una única fuente de ingresos que es el saldo de la balanza comercial (exportaciones menos importaciones), dado que como mencioné antes el comercio internacional se viste de dólar igual que el pobre muchacho con cara de otario del último cacerolito. Si vendemos más de lo que compramos, nos queda un saldo a favor en dólares que podríamos usar para atesoramiento interno (ahorro en dólares). Pero acá aparece otra variable que en realidad es una fuente de egresos para nuestro país: la balanza de pagos. Los dólares que nos deben a nosotros (el comercio internacional, mayormente, se paga en dólares)-, menos lo que debemos (en dólares). Como la Argentina no es un país que otorgue préstamos en dólares a otros estados, pero sí tiene deudas en dicha moneda, hay un saldo a pagar en dólares. Estos dólares tienen que ser cubierto por el excedente de la balanza comercial (para eso tendríamos que exportar más de lo que importamos) o por las reservas del Banco Central que, recién ahora, en esta gestión, muestran números verdaderamente respaldatorios. Recordemos que otrora las reservas del Central han llegado a ser negativas y la necesidad de dólares se paliaba sólo contrayendo más deuda en verdes. “Necesidad de dólares” incluye el afán de atesoramiento de los sectores pudientes. Los que no pueden ahorrar a largo plazo (los menos pudientes), no tienen necesidad de comprar moneda extranjera y los que ahorran a corto plazo (principalmente clase media) tienen que aprender que no les conviene.

Volviendo a pasar en limpio: los dólares entran por las ventas al exterior. Los usamos para pagar las compras, las deudas y también para que algunos puedan ahorrar. Si las ventas no alcanzan, tenemos que empezar a usar las reservas. Si las reservas empiezan a escasear la confianza en la economía local se ve severamente afectada y entramos en un círculo vicioso con dos finales posibles: a) 19 y 20 de Diciembre de 2001 b) entregarnos a los caprichos y decisiones de los organismos internacionales de crédito para contraer deuda, y con esa plata que entra, calmar al mercado financiero y reencauzar la cosa hasta que la deuda sea tan opresiva que volvamos a un a). No estoy poniendo en el tapete los intentos golpistas endógenos a los que estamos tan acostumbrados porque, considero, están implícitos como peligros latentes en cada uno de los elementos hasta aquí descriptos (lock outs que frenan exportaciones, corridas bancarias, falsos rumores desestabilizadores, etc.). Pero es una variable muy mayor. Recordemos siempre que un  pequeño pero muy poderoso sector, siempre querrá que la economía local no se independice ni se desarrolle, para que quede siempre atada a los viejos modelos que tantas satisfacciones les ha traido.

El éxito del comercio exterior depende del esfuerzo de todos. Los empleados de las empresas, los estatales, los directivos, los empresarios, los políticos y Caruso Lombardi. Todos contribuímos más directa o indirectamente a que el país produzca para vender, y compre para producir o consumir. Y no importa cuán directa sea la contribución, porque si Cacho no arreglara las gomas pinchadas de la señora de las botas de cuero, o Fede no operara el corazón lastimado de Don Arturo, o Jorge no cortara las milanesas de peceto de la Sra. Bedoya Argüello Álzaga Unzué, ni el marido de la señora de botas de cuero, ni Don Arturo, ni la Sra. Sra. Bedoya Argüello Álzaga Unzué podrían exportar la soja que exportan. Y ese esfuerzo ecuménico no es recompensado equitativamente, porque el fruto del mismo –reducido ad hoc al ingreso de dólares- puede ser captado solamente por aquellos que tienen capacidad de ahorro.

 

Y lo que es peor: si el comercio exterior no nos deja un saldo favorable, para lograr que los que pueden ahorrar en dólares lo sigan haciendo el pobre Cacho, Fede, Jorge, y más del 80% de los argentinos tendríamos que pagar en el futuro la deuda contraída por el Estado para que aquéllos, que no hicieron más que nadie, sean los únicos privilegiados en tener sus ahorros dolarizados, al resguardo de los golpes económicos que (vaya casualidad) algunos de sus amigos, cuando no ellos mismos, propician de tanto en tanto.

 

Argentina es el segundo país del mundo en tenencia de dólares billete (físicos) detrás de Estados Unidos. Premisa tan cierta como rídicula si tenemos en cuenta lo lejos que estamos de ser la segunda economía del mundo e incluso la región. 50.000.000.000 (léase cincuenta mil millones o cincuenta millardos) de dólares encanutados en las cajas de seguridad. Si tenemos en cuenta el Principio de Pareto (http://es.wikipedia.org/wiki/Principio_de_Pareto) que es la famosa regla del 80-20; obtenemos que cuarenta de esos cincuenta mil millones están en poder de ocho millones de argentinos. Y si volvemos a aplicar la regla tres de veces más (Pareto lo permite), nos encontramos conque unos trescientos mil tipos tienen la mitad de todos los dólares en manos privadas del país. El promedio simple, aunque mentiroso, nos da otro dato entristecedor: en Argentina hay mil doscientos cincuenta dólares físicos por habitante. En Brasil (ya que tanto lo toman como ejemplo), sólo seis.

Por eso celebro que, más allá de lo coyuntural del cepo, de una buena vez podamos ponernos a debatir si no ha llegado la hora de dejar de ser el país que más dólares tiene inyectados en las cajas de seguridad después de Estados Unidos y sentarnos a discutir, seria y sinceramente, por dónde recuperarnos de esta adicción tan esclavizante y contraproducente para la gran mayoría de nosotros.

Oficinista Aburrido – Grupo Choripan

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