Kirchneristas _ _ _ _ _ _ _ _ (de mierda)


 

Yo: ¿Y qué pruebas tenés para denunciar lo que estás denunciando del Gobierno?

Interlocutor casual en Facebook:  Disculpame, no discuto de religión con kirchneristas.

 

Juan Pablo Varsky, uno de los mejores periodistas del país para este narrador, publicó el lunes pasado una columna en el diarioLa Naciónsobre el éxito de Roger Federer en el pasto inglés. Scrolleando hacia abajo me encontré con los comentarios ponzoñosos de los lectores del diario aristócrata. Si bien soy asiduo lector de la mierda que emanan desde sus teclados, no pude evitar el estupor al ver algunos de ellos. Copio aquí uno en particular que me llamó la atención:

Caida_Libre (hincha de: Boca) El kirchnerista Varsky va a terminar como otros columnistas deLa Nacion, es decir, “Por pedido del autor esta nota no esta abierta a comentarios”

http://canchallena.lanacion.com.ar/1488992-a-la-altura-de-su-leyenda#lectores

Hay muchos más que le pegan duro por el contenido de la nota, pero sobre todo, por su “condición” (supuesta) de “Kirchnerista”. Lo que quiero destacar es la inquina con la que se refieren en general a los simpatizantes de este gobierno. Quienes lo escuchamos en su programa radial matutino en Metro 95.1, sabemos que JPV equilibra sus intervenciones resaltando aciertos y defectos de esta gestión, hecho que lo pone relativamente en las filas del kirchnerismo cuando lo comparamos con las columnas de colegas suyos del mismo diario para el que escribe, o con los que llenan las páginas de Clarín con sus visiones apocalípticas (ordenadas por Magnetto) de nuestro presente. A los ojos bajo el ceño eternamente fruncido de esos lectores, y también de todos los que no leen o comentan en esos sitios anti-k pero piensan como ellos, Varsky es un kirchnerista más. ¿Por qué? Porque para ellos, que son muchos, todo periodista que no utiliza epítetos agraviantes contra el gobierno, o que no se la pasa denunciando lo que no se hace, se hace mal o se roba, o que no se queja a diestra y lilita de lo mal que está el país, es un kirchnerista de mierda.

Si bien los fieles adherentes a esta gestión estamos muy contentos de serlo y nos enorgullece formar parte de este colectivo, el término “kirchnerista” está sobreutilizado con total intencionalidad por parte de los medios y personajes opositores. No recuerdo que durante la época menemista (sí después) o alfonsinista, se utilizaran dichos calificativos provenientes de un apellido con tanta repetición y subrayado. Se usa para los políticos, pero también para los artistas, los intelectuales, los deportistas (sí, leyó bien, y si no me cree compañero, pregúntele al tenista Martín Vasallo Argüello) y, por supuesto, para el tachero, el gondolero, el verdulero y la madre que me parió, que también es una kirchnerista de mierda. El uso de la palabra y términos relacionados es cada vez más parecido a lo que ocurría hace muchos años con el vocablo “peronista” (y afines). Para las clases más acomodadas y las que tenían aspiraciones de pertenecer a ellas a toda costa, “peronista” era un agravio. Eran los  negros de mierda, los ignorantes, los que por el pancho y la coca (idea que persiste graníticamente) vendían su voto al dictador Juan Perón. Hoy, como ayer, los opositores acérrimos a este gobierno no se bancan la enérgica defensa de la gestión que hacemos los que creemos en ella, no pueden entender que una parte importante del pueblo se plante y diga basta a esa costumbre de pegarle con lo que haya a mano a los gobernantes de turno. Así era con Alfonsín, así era con Menem, así era con Dela Rúa: hasta sus votantes les pegaban con un caño y pocos se atrevían a defenderlos. Pero hoy es diferente y no lo pueden soportar.

Así nace, creo yo, el odio visceral al kirchnerista de mierda. Y la cristalización de ese odio puede verse reflejada en la connotación que le otorgan a la calificación de “kirchnerista”. Implica, entre otras cosas, ser amigo de la corrupción, de la alimentación de vagos, de subversivos, de montoneros, de feudalismos provinciales y de Chávez, entre otras pestes bíblicas.

La utilización del término o de alguno de sus apócopes es reiterativa y se muestra en diarios, revistas y TV con luces de néon. Es evidente que detrás de esa utilización taladrante se esconde un claro propósito de estigmatización. Esa intención vilipendiosa es aún más evidente en un sector muy amigo de las estigmatizaciones y de las discriminaciones (pecando yo también de estigmatizador, los llamo “fachos”). Y son los que muy probablemente, cuando este ciclo llegue a su fin, encontrarán un candidato de su agrado tomando las riendas del país (imposible imaginar un gobierno más popular que este en Argentina, y me la sudan los pinitos y troskitos que ponen el grito en el cielo por llamar “popular” a este gobierno).

¿Cómo operará entonces la utilización del término en ese momento en el cual el kirchnerismo sea relevado de los espacios de poder político por una corriente neo-neo-liberal que inexorablemente tendremos que capear en un futuro no muy cercano, pero no tan lejano? ¿Qué pasará con nosotros, los kirchneristas de mierda, cuando el PRO (o como se llame el Partido Aristogarca de ese entonces) agarre la manija? ¿Seremos señalados, desterrados, vituperiados, rebajados y crucificados por nuestra ideología? ¿Nos obligarán a usar un sambenito con la cara de Néstor en el frente? ¿Nos pondrán un pijama a rayas? ¿Debemos preocuparnos o estoy dejando que mi paranoia gane demasiado espacio?

Bromas más allá, no es saludable la utilización que se da al término: el cómo, el cuándo, el dónde y el por qué me resultan incómodos en estos tiempos en los que la tolerancia al que piensa y siente diferente a “lo común / normal” está en boga de la mano de la consecución de derechos igualitarios. La “mancha” que implica hoy el término en algunos ámbitos socioculturales (urbanos, cultos, acomodados) no es equiparable a la utilización del término “radical”, “zurdo”, o incluso “facho”. Basta con leer los diarios hegemónicos y ver el lugar que ocupa el vocablo en el discurso más escuchado (por rating, por ventas, por horas de aire) para dar cuenta de ello. Los “K” somos los cómplices de estos ladrones / corruptos / ineptos / basuras que están en el gobierno, por votarlos y, sobre todo, por defenderlos a capa y espada. Creo yo que llegó el momento de plantarnos con la misma energía que apoyamos esta gestión y, cada vez que escuchamos un “K”, “KK”, “KKK”, “kirchnerissssta”, “ultra k” y todo vocablo parecido, utilizado con el fin de denostar a alguien,  pedir tolerancia y respeto. Como lo hace el católico, el judío, el musulmán y el pentecostal.

Al fin y al cabo, el kirchnerismo es casi una religión.

                                                                       Oficinista Aburrido / Grupo Choripan.

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